Semestre IX - Teología

RELB-406 Daniel

RELP-320 Hogar Cristiano

RELG-225 Introducción a las Misiones

La tarea de testificar inicia cuando nuestro interés por Cristo, nuestra pasión por Él,

nos mueve a buscar su presencia, como ocurrió con María Magdalena y la otra María, identificada con la Madre de Jacobo y de José (Mar. 16: 1; 15: 47), de acuerdo con el 5 CBA.

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Las primeras enviadas después de la resurrección fueron un grupo de mujeres, entre ellas María Magdalena. El evangelio de Mateo menciona que el ángel encomendó a las mujeres la tarea de IR y anunciar la resurrección del Salvador: “Mas el ángel, respondiendo, dijo a las mujeres: No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor. E id pronto y decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos, y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. He aquí, os lo he dicho.” (Matt. 28:5-7 R60).

Las palabras del ángel son específicas: “vayan y digan (imperativo) a los discípulos que resucitó de los muertos...”

María Magdalena y la otra María mencionada por Mateo, salieron con una marejada de sentimientos: gozosas, apresuradas, temerosas. La tarea encomendada de divulgar la resurrección de Cristo tenía muchas implicaciones.

Habían ocurrido en sucesión y rápidamente una serie de visitas de las mujeres piadosas que seguían a Jesús, Pedro y Juan al Sepulcro. La tumba vacía y el rumor de la resurrección, más la aparición de Jesús a algunas de las mujeres, había causado conmoción e incredulidad.

De acuerdo con relato de Juan 20:17, el Señor se le había aparecido a María, pero no le había permitido tocarlo: “Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.” (Jn. 20:17 R60).

Sin embargo, de acuerdo con el libro El Deseado de Todas las Gentes, (DTG, 734-735), Jesús se apareció a María Magdalena, después de haber ascendido al Padre y ser recibido triunfante en el cielo. Por esta razón le permite que le abrace los pies y que lo adore.

Esta situación sin duda eliminó sus temores. Ahora el Señor se les aparece en el camino, y les ordena: “Entonces Jesús les dijo: No temáis (φοβέω: imperativo, pasivo); id, dad

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las nuevas (digan, cuenten, verbo participio aoristo) a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán.” (Mat. 28:10 R60)”.

Mientras ellas cumplían con el mandato del Señor, un complot se desarrollaba en Jerusalén: “...he aquí unos de la guardia fueron a la ciudad, y dieron aviso a los principales sacerdotes de todas las cosas que habían acontecido. Y reunidos con los ancianos, y habido consejo, dieron mucho dinero a los soldados, diciendo: Decid vosotros: Sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros dormidos. Y si esto lo oyere el gobernador, nosotros le persuadiremos, y os pondremos a salvo. Y ellos, tomando el dinero, hicieron como se les había instruido. Este dicho se ha divulgado entre los judíos hasta el día de hoy.” (Mat. 28:11-15 R60).

La estructura del capítulo 28 sugiere un paralelismo del primer relato con el Segundo, mostrando la siguiente estructura: mandato, obediencia, sentimiento de temor y promesa de la presencia divina. La primera narrativa se convierte en ejemplo y desafío para los discípulos de Cristo.

Mateo, declara que “los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado” (Mat. 28:16 R60) y allí lo esperaron.

Mientras estaban reunidos, el Señor se apareció entre ellos, como solía hacerlo antes de su muerte. Cuando lo vieron, dice Mateo, “se postraron y lo adoraron.” (προσκυνέω: Mat. 28:17; cf. 14: 33). Pero algunos dudaban.

Elena G. de White hace un interesante comentario en el libro El Deseado de Todas las Gentes: “Al momento fijado, como quinientos creyentes se habían reunido en grupitos en la ladera de la montaña, ansiosos de aprender todo lo que podían de los que habían visto a Cristo desde su resurrección. De un grupo a otro iban los discípulos, contando todo lo que habían visto y oído de Jesús, y razonando de las Escrituras como él lo había hecho con ellos. Tomás

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relataba la historia de su incredulidad y contaba cómo sus dudas se habían disipado. De repente Jesús se presentó en medio de ellos. Nadie podía decir de dónde ni cómo había venido. Nunca antes le habían visto muchos de los presentes, pero en sus manos y sus pies contemplaban las señales de la crucifixión; su semblante era como el rostro de Dios, y cuando lo vieron, le adoraron. Pero algunos dudaban. Siempre será así. Hay quienes encuentran difícil ejercer fe y se colocan del lado de la duda. Los tales pierden mucho por causa de su incredulidad. Esta fue la única entrevista que Jesús tuvo con muchos de los creyentes después de su resurrección. Vino y les habló diciendo: "Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra." Los discípulos le habían adorado antes que hablase, pero sus palabras, al caer de labios que habían sido cerrados por la muerte, los conmovían con un poder singular. Era ahora el Salvador resucitado. Muchos de ellos le habían visto ejercer su poder sanando a los enfermos y dominando a los agentes satánicos. Creían que poseía poder para establecer su reino en Jerusalén, poder para apagar toda oposición, poder sobre los elementos de la naturaleza. Había calmado las airadas aguas; había andado sobre las ondas coronadas de espuma; había resucitado a los muertos. Ahora declaró que "toda potestad" le era dada. Sus palabras elevaron los espíritus de sus oyentes por encima de las cosas terrenales y temporales hasta las celestiales y eternas. Les infundieron el más alto concepto de su dignidad y gloria.” DTG, 758.

Jesús cierra este encuentro con sus discípulos haciendo una declaración poderosa, que revela su dignidad e investidura como Soberano del universo: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra...”

“En el transcurso de su ministerio terrenal, Jesús había ejercido autoridad (ἐξουσία: Mat. 7: 29; 21: 23; 10:1; Mr. 2:10). Sin embargo, había limitado voluntariamente esa autoridad. Ahora Jesús poseía una vez más toda la autoridad que había tenido antes de venir a esta tierra para revestirse de las limitaciones de la humanidad (Fil. 2: 6-8). El sacrificio en favor del

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hombre se había completado. Jesús ya había comenzado su obra de mediación en el santuario celestial.” (5 CBA, 545).

Jesús envía ahora sus discípulos como misioneros al mundo. Es apenas obvio que quienes acepten el desafío de cumplir este cometido deben tener algo para contar. Es necesario que el enviado haya experimentado la salvación y conozca por experiencia al autor de ella. Ir, implica seguir el ejemplo de Cristo. El apóstol Pablo nos amonesta: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.” (Fil. 2:5-8 R60)

Ir, implica dejar la comodidad, despojarse de todo beneficio y rango para mezclarse con aquellos que deben ser salvos. Esa es la esencia de la misión. “Mateo 28: 19, 20 es la carta magna de la iglesia cristiana. En la orden, "id", Cristo incluyó a todos los creyentes hasta el mismo fin del mundo (DTG 761; cf. 758). Como discípulos, los once habían aprendido en la escuela de Cristo; ahora como apóstoles, fueron enviados a enseñar a otros (ver com. Mar. 3: 14).

Los apóstoles (enviados) debían ir y “hacer discípulos entre judíos y gentiles, en todas las naciones (cf. Rom.1: 16; 2: 10) ... Esta comisión puede ser considerada como la razón básica del trabajo misionero de la iglesia. El cristianismo fue la primera religión que asumió un carácter verdaderamente internacional. En buena medida, las religiones paganas carecían de celo misionero y de actividad. Eran básicamente de carácter nacional, y no se proponían convertir a gente de otras nacionalidades. La comisión evangélica elimina las fronteras nacionales, y los habitantes de todas las naciones se convierten en miembros de una gran hermandad en la cual "no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer;

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porque todos" somos "uno en Cristo Jesús" " (Gál. 3: 28; cf. Col. 3:11). El cristianismo destruye todas las barreras de raza, de nacionalidad, de sociedad, de nivel económico y de costumbres sociales.

Bautizándolos. Esta fórmula es la declaración de incorporación y pertenencia a una familia. Provee identidad y seguridad (Mat. 3: 6; Mar. 16: 16).

El mandato evangélico tiene como enseñanza medular el discipulado De acuerdo con el diccionario discipular consiste en enseñar a otro una doctrina. Pero esta es la parte conceptual. Sin embargo, discipular es dinámico. En el original es un verbo imperativo y activo. ¡Es un mandato! La acción del verbo recae sobre el sujeto.

Demanda que el enviado se mezcle con otros, conviva con ellos y les enseñe por precepto y ejemplo su doctrina. Discipular no se limita a dar un estudio bíblico. Demanda un compromiso voluntario para vivir y ejemplificar en nuestra vida la vida de Jesús.

Solo el creyente que se ha convertido en discípulo podrá permanecer en la fe, vivir en la fe y morir por la fe. De los doce discípulos, solo uno se perdió. La taza de retención de la primera iglesia cristiana fue muy alta. La única manera segura de retener a los nuevos creyentes reposa en el discipulado. Un discípulo tomará la decisión de bautizarse, permanecerá y se multiplicará al discipular. Crecerá en el conocimiento y la gracia.

La promesa del Señor es que, Él permanecerá con su pueblo todos los días hasta que “llegue el fin del siglo, hasta que se complete el tiempo.”

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